LA ECONOMÍA DEL DOMINGO

Hay una discusión típica en la economía positiva (rama de la economía que se refiere a la descripción y explicación de los fenómenos económicos): ¿Cuál es el nivel óptimo de producción de una empresa? La respuesta de los empresarios a esta pregunta es: el nivel de producción que maximiza las utilidades. O sea que el empresario va a producir hasta que sus ganancias sean lo máximo posible.

Pero esta concepción, ¿puede chocar con las necesidades sociales que significan que la empresa debería producir lo máximo posible, con su nivel tecnológico (o sea la óptima combinación que haga del Capital, los Recursos Naturales y el Trabajo que disponga).

Ahora bien, ¿es factible que a alguna empresa le convenga producir menos que sus posibilidades, ya que de esa manera obtiene una mayor ganancia, entrando en colisión con la necesidad social de un país de obtener la mayor producción posible para satisfacer las necesidades de sus habitantes?

Y, sí, en un sistema económico muy concentrado, con pocas empresas que dominan el mercado, puede darse el caso. Son los monopólicos (donde una sola empresa vende un determinado producto en el mercado) u oligopólios (donde pocas empresas producen un determinado producto y tienen la posibilidad de «ponerse de acuerdo» en mantener precios altos en el mercado).

En este caso, ¿la economía funciona? Sí, pero las empresas obtienen mayores ganancias con mayores precios y menor producción, perjudicando evidentemente a los consumidores que no pueden abonar esos precios y quedan sin consumir esos productos.

En estas situaciones cobra importancia nuevamente el rol del Estado en la economía, que debe intervenir para evitar esas concentraciones de pocas empresas en el mercado que producen graves distorsiones sociales, ya que se supeditan el consumo con una menor producción.

El Estado puede crear organismos gubernamentales, cuyo objetivo es influir sobre la actividad económica mediante la fijación de precios, la determinación de estándares y tipos de productos y las condiciones bajo las cuales las empresas pueden entrar a una industria. El Congreso puede dictar leyes antimonopólicas que eviten estas actividades propias de algunas empresas en determinados mercados.

Para comprender cabalmente esta situación, podemos recurrir a lo expuesto por Juan Domingo Perón, en su libro «Conducción política», donde dice:

«Si el capitalista dice que el consumidor reviente, que esté a media ración, el sociólogo le responde: No, porque el que está a media ración aguantará un tiempo, después se revelará y causará un desastre»

«Nosotros, los justicialistas, decimos que para que el fenómeno no se produzca hay que buscar una solución. ¿Cuál puede ser? Aumentar la producción, aunque se salga del punto óptimo. El estómago no tiene puntos óptimos, sino un punto de saturación. El consumo no debe estar sometido a la producción, es decir que se subordine el capital y sus conveniencias al consumo y a las necesidades. Esta es la teoría justicialista.»